Como se ha mencionado anteriormente la violencia ha experimentado una serie de transformaciones, diversificándose y expandiéndose, especialmente entre los jóvenes. En este contexto, las tecnologías digitales han emergido como espacios claves de reproducción, representación y normalización de prácticas violentas. Desde una perspectiva psicosocial, es necesario comprender cómo estos espacios no solo son utilizados para difundir contenido, sino que también moldean las identidades, relaciones e interacciones cotidianas de los individuos, especialmente los jóvenes, lo que da paso a la reproducción de prácticas de violencia. Esta problemática es de suma importancia, la exposición tan constante a la violencia digital ante una población especialmente vulnerable a esta como lo es la población joven puede tener un impacto considerable en su desarrollo, en sus relaciones y en lo que consideran socialmente aceptable o no.
La psicología social ha demostrado que los procesos de socialización se ven influenciados por los entornos culturales y mediáticos. Según Bandura (1977), los individuos aprenden comportamientos observando a otros en su entorno, especialmente si las conductas son reforzadas o no tienen castigo. Este aprendizaje, lo denomina “aprendizaje vicario”, el cual aplicado al contexto de las tecnologías digitales, permite comprender cómo la violencia en las redes sociales se normaliza mediante su constante exposición y la falta de consecuencias visibles que puedan mitigar la internalización de sus formas. El momento en que los jóvenes ven actos violentos que no son penalizados (o incluso celebrados) en línea, es cuando se eleva la probabilidad de que comprendan estos actos como menos dañinos y aceptables como formas de interacción entre personas..
Por su parte, la teoría de la identidad social de Tajfel y Turner (1979), la cúal explica cómo los sujetos se categorizan con quienes se identifican, es decir, cómo se forman grupos por identificación, plantea donde se van adoptando las normas, valores y comportamientos de ese grupo. Está teoría contiene tres procesos psicosociales que son la comparación, la categorización social y la identificación, que actúan en conjunto y hacen referencia a la manera que percibimos a los otros y a nosotros mismos. La relevancia de esta teoría recae en su capacidad para explicar cómo los jóvenes, al integrarse en comunidades en línea, pueden internalizar las normas de violencia que se mantienen y se promueven en estos medios digitales, reforzando así la normalización de estas prácticas y reglas nocivas.
Para comprender cómo las tecnologías digitales han influido en la normalización de la violencia, es necesario reconocer que las personas construyen y, al mismo tiempo, son construidas por la realidad social. Existe una relación dialéctica en la que tanto los sujetos como el entorno social se moldean mutuamente (Berger & Luckman, 1966/2003), es decir, que las personas y la realidad social forman un conjunto donde ambos se van moldeando. Como señala Costas (s.f) , el lugar que ocupan en la estructura social, y las experiencias concretas con las que se enfrentan a diario influyen en su forma de ser, su identidad social y la forma en que perciben la realidad social. En el caso de los jóvenes, el entorno digital se convierte en un espacio habitual donde participa activamente en la construcción mutua. Comprendemos entonces que esta conexión e intercambio constante entre el individuo y el entorno digital refuerza la idea de que las redes sociales no son utilizadas y comprendidas únicamente como herramientas de comunicación, sino como espacios activos y dinámicos que influyen de manera concentrada en la percepción y aceptación de la violencia en todas sus formas.
“Las representaciones sociales refieren a formas de conocimiento elaboradas y compartidas al interior de un grupo que participa de prácticas sociales comunes y que tiene una determinada inserción en la estructura social” (Moscovici, 1984; Jodelet, 1986, como se citó en Costas, s.f).
Esto permite comprender cómo los jóvenes internalizan nociones de violencia a través de contenidos audiovisuales como son los videos, memes y publicaciones que normalizan agresiones, que al estar en plataformas de consumo cultural masivo como TikTok, Instagram, YouTube, entre otras plataformas, transforman estas acciones violentas en aceptadas e incluso deseadas, afectando en la noción de lo que es considerado violento. Cuando estas representaciones se difunden sin críticas y sin estar bajo condiciones éticas y educativas, se conduce a un proceso de desensibilización, en el que las conductas que son violentas pierden el peso negativo y son vistas como parte de la realidad digital. La desensibilización se define como una reducción en la respuesta emocional o psicológica a un estímulo, en este caso, la violencia, debido a la exposición repetida (Funk et al., 2004). Este proceso es particularmente preocupante en el contexto digital, donde la exposición es continua y, a menudo, sin filtro.
Esta aproximación toma relevancia cuando se manifiesta directamente en el primer objetivo específico de nuestra investigación, que busca reconocer cómo la violencia es representada y difundida en las tecnologías utilizadas por los jóvenes en Chile. En este sentido, Flores y Browne (2017) señalan que el “nivel de uso por las nuevas generaciones chilenas alcanza una trascendencia tal que reconfigura sus procesos identitarios y sus paradigmas relacionales” (p. 147). Esto implica que las redes sociales, y las tecnologías digitales en general, no sirven únicamente como herramientas de comunicación, sino que funcionan también como espacios en los que los jóvenes construyen y reafirman sus identidades y modos de relacionarse. De esta manera, se establece un entorno que puede amplificar o eliminar las manifestaciones de violencia de género tanto explícitas como simbólicas (Flores & Browne, 2017), lo que sugiere que la representación de la violencia puede ser normalizada o incluso en algunos casos invisibilizada por las propias dinámicas de estas plataformas. El estudio de Flores y Browne (2017) destaca la necesidad de analizar la especificidad del contexto chileno, entendiendo como la reconstitución identitaria y relacional de los jóvenes chilenos dentro del espacio digital golpea directamente en cómo la violencia es recibida y transformada en cotidianidad, lo que justifica la pertinencia de este objetivo de investigación.
En cuanto a los modos específicos de violencia en redes sociales hacia comunidades marginadas y especialmente vulnerables, la comprensión del estigma resulta fundamental. Se entiende al estigma como la reducción del individuo a un ser anormal, diferente y desacreditado, siendo el individuo estigmatizado un otro diferente al individuo normal y completo, esta diferencia de lo que es considerado normal puede causar rechazo, exclusión y discriminación (Goffman, 1963/2006), la difusión de contenidos a traves de redes sociales no solo puede perpetuar esta diferencia, sino también, de la mano de esto, puede intensificar la discriminación y la violencia simbólica. La teoría de Goffman (1963/2006) provee un marco conceptual crucial para entender cómo el estigma se amplifica en el entorno digital, llevando a una mayor exclusión y agresión hacia estos grupos.
Un ejemplo de cómo las redes sociales dan paso a la formación y refuerzo de dinámicas y estructuras sociales de lo que es correcto y normal se ve en lo planteado por Blanco Ruiz (2014), quien indica que el uso de las redes sociales no solo posee implicaciones en la comunicación, sino que igualmente afecta las relaciones que se forman en relación con el género, la sexualidad y la identidad. Esta autora destaca cómo, a través de estas plataformas, se implementan sistemas de control en la pareja que son invisibles para los adolescentes y que, además, son vistos como una expresión de afecto (Blanco Ruiz, 2014). Esta dinámica ilustra un modo específico de violencia de género en línea que, al ser normalizado bajo la apariencia de afecto o preocupación, contribuye a la desensibilización y normalización de este tipo de dinámicas y dificulta su identificación para quienes la observan y quienes observan la violencia y para quienes la viven.
Finalmente, también se busca identificar los factores sociales, culturales y familiares que inciden en la aceptación de la violencia en conjunto con los factores tecnológicos, lo cual se se entrelaza con la idea de que la realidad social y las personas se moldean mutuamente, siendo tanto el entorno como cada persona con quien interactúa el individuo un agente que construye y confirma la realidad social en el que el individuo está inserto (Berger y Luckmann, 1966/2003), las tecnologías digitales han pasado a ser un factor más del entorno cotidiano del individuo que actúa en conjunto con los otros factores, no existe aislado de estos, sino que también participa en este moldeado mutuo. Esto contextualiza a la normalización de la violencia en redes sociales como un fenómeno que no es únicamente digital, siendo sino un proceso complejo influenciado por las estructuras sociales preexistentes y las interacciones cotidianas de los jóvenes, y también por su parte influenciando a ambos, pudiendo bajo este entendimiento prestar especial atención en cómo las particularidades culturales, sociales y familiares conviven con estos medios y sus dinámicas de normalización de violencia.
Las tecnologías digitales, al ser plataformas de consumo cultural masivo, se convierten en un vehículo para la internalización de mensajes violentos que se originan en el contexto social, cultural y familiar. Bajo una mirada latinoamericana, y a falta de estudios enfocados en el caso chileno, en “Normalización de la violencia en redes sociales: Un estudio de casos con adolescentes costarricenses”, García Martínez et al. (2024) sugieren que la exposición a esta violencia en el entorno digital “puede ser percibida de forma normal o no darse cuenta de la gravedad del problema” (García Martínez et al., 2024, p. 2). Esta percepción de normalidad es un claro indicio de la desensibilización y resalta cómo los factores tecnológicos, al facilitar la exposición constante, exacerban la aceptación de la violencia influenciada por los entornos sociales, culturales y familiares preexistentes. Este estudio es crucial para el tercer objetivo específico, ya que ofrece una valiosa perspectiva regional sobre cómo la interacción de factores tecnológicos, sociales, culturales y familiares contribuye a la normalización de la violencia, proveyendo un marco comparativo al caso chileno, dando pie para investigar estos mismos factores en Chile.
En síntesis, la normalización de la violencia en redes sociales entre adolescentes chilenos es un fenómeno multidimensional que requiere una comprensión profunda de cómo las tecnologías digitales, en conjunto con procesos psicosociales y la interacción de factores sociales, culturales y familiares, influyen en la percepción y aceptación de conductas violentas. Este marco teórico sienta las bases para abordar los objetivos de la investigación, permitiendo reconocer la representación y difusión de la violencia en el entorno digital chileno, identificar las tipologías que afectan de especial manera a comunidades marginadas y vulnerables, y determinar los factores que inciden en la aceptación de la violencia en línea. Esta comprensión es fundamental para el desarrollo de estrategias de prevención y concientización que permitan a los adolescentes navegar de manera segura en el entorno digital y resistir la normalización de conductas perjudiciales, el entendimiento de cómo funciona la normalización de la violencia y cómo afecta a los jóvenes además puede permitir acercarnos a lineamientos sobre cómo la legislación, los gobiernos locales, los centros educativos y los mismos administradores de medios digitales donde esta violencia se reproduce, pueden colaborar en su mitigación.
Referencias
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
Berger, P., & Luckmann, T. (2003). La construcción social de la realidad. (S. Zuleta, Trans.). Amorrortu. (Obra original publicada en 1966).
Blanco Ruiz, M. Á. (2014). Implicaciones del uso de las redes sociales en el aumento de la violencia de género en adolescentes. Comunicación y Medios, (30), 124–141.
Costas, M. E. (s.f.). Representaciones sociales. Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras.
Flores, P., & Browne, R. (2017). Jóvenes y patriarcado en la sociedad TIC: Una reflexión desde la violencia simbólica de género en redes sociales. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 15(1), 147–160.
Funk, J. B., Baldacci, H. B., Pasold, T., & Baumgardner, J. (2004). Violence exposure in real life, video games, television, movies, and the Internet: Is there desensitization? Journal of Adolescence, 27, 23–39.
García Martínez, J. A., Castaño Benavides, A., Herra Chaves, M., Villalobos Zamora, N., & Fallas Vargas, M. A. (2024). Normalización de la violencia en redes sociales: Un estudio de casos con adolescentes costarricenses. CPU-e, Revista de Investigación Educativa, 0(38), 1–25. https://doi.org/10.25009/cpue.v0i38.2864
Goffman, E. (2006). Estigma. La identidad deteriorada. (L. Guinsberg, Trans.). Amorrortu. (Obra original publicada en 1963).
Tajfel, H., & Turner, J. C. (1979). An integrative theory of intergroup conflict. Advances in Experimental Social Psychology, 13, 47–79.

Organización de ideas: 7
Comprensión: 6.8
Contenido: 6,8
Aspectos formales 7
Ponderación: 6.7
Ponderación: 6.8
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Organización de ideas: 7
Comprehensión: 6,8
Contenido: 6,7
Aspectos formales: 6,5
Nota ponderada 6,8