A medida que hemos avanzado en la investigación sobre el aumento de los discursos de odio dirigidos hacia la comunidad LGBTQIA+ en redes sociales, nos hemos ido dando cuenta de que este problema no se puede ver sólo como “una serie de agresiones individuales y casuales”. Detrás de cada comentario o mensaje homofóbico, de cada meme transfóbico o cada “broma” con sesgo de género, se esconden estructuras sociales complejas que han aprendido a funcionar en el entorno digital con total normalidad y se han hecho su propio espacio (las mal llamadas “opiniones”). Lo que antes se decía en voz baja o se mantenía en privado, ahora puede circular libremente en las redes sociales con total normalidad y aprendiendo a huir de las consecuencias.
Este fenómeno nos obliga a pensar de manera más profunda y estructural. No estamos ante simples casos de “libertad de expresión”, sino ante una forma de violencia que se adapta a los lenguajes y lógicas de la tecnología digital. Lo más preocupante es cómo esa violencia se disfraza de humor, de debate, de opinión personal. Se camufla en la cotidianidad, volviéndose casi invisible y, por tanto, más peligrosa. Cuando se trivializa el odio, se refuerzan estereotipos que ya existen, se legitima la marginación de cuerpos e identidades disidentes, y se perpetúa la idea de que lo diverso es algo que debe ser corregido o silenciado.
Las cifras que entregan organizaciones como el Movilh (2023, 2024) y LLYC (2023) son alarmantes y significan también que no solo ha aumentado la cantidad de violencia digital contra personas LGBTQIA+, sino también la sensación de impunidad. El dato que más nos impactó fue que solo un 4,3% de los casos de discriminación son denunciados (Movilh, 2021). Lo que indica que la gran mayoría simplemente prefiere hacer silencio. ¿Por qué? Lo más razonable y probable es porque sienten que no vale realmente la pena ya que nadie hará nada al respecto. Esta desconfianza hacia el sistema, junto con la normalización de la violencia, hace que muchos terminen creyendo que es mejor soportar, no entrar a discutir e ignorar esta discriminación que exponerse aún más a ella.
En ese contexto, se vuelve necesario entender que la violencia digital no opera de forma aislada, sino que se enmarca dentro de una cultura estructuralmente desigual que sigue jerarquizando las identidades. Cuando las instituciones no responden, o responden tarde y mal, se está enviando un mensaje tácito de que esas vidas no merecen la misma protección. Esto refuerza lo que Bourdieu (1999) define como “violencia simbólica”, es decir, aquella forma de dominación que actúa a través de lo aparentemente normal, de lo no cuestionado, de lo que se acepta sin más porque parece “natural”.
Desde lo teórico, las ideas de Pierre Bourdieu sobre la “violencia simbólica” (1999) nos ayudaron a comprender que esta violencia no requiere de gritos o golpes para lograr hacer un daño real. Sino que se manifiesta en gestos pequeños, discursos o incluso el guardar silencio, reforzando así la idea errónea de que algunas identidades valen más que otras. En redes sociales esto es cosa de todos los días: publicaciones burlándose de lo “no normativo”, comentarios que “opinan” desde el prejuicio y algoritmos que amplifican lo que genera más reacciones, aunque eso signifique dañar.
Esta naturalización de lo violento se hace especialmente peligrosa cuando se disfraza de cultura popular o se presenta como contenido “ligero”. Un ejemplo son los memes transfóbicos o las bromas sobre personas no binarias que circulan ampliamente en redes como TikTok, Instagram o X (antes Twitter). Su circulación masiva no solo hace reír a algunas audiencias, sino que contribuye a consolidar prejuicios, reforzar roles de género rígidos y generar exclusión social hacia quienes escapan de la norma.
También nos pareció muy acertado leer a Judith Butler (2004), quien sostiene la idea de que el género no se trata de algo fijo, sino que se va construyendo poco a poco. Esto implicaría que cuando alguien ataca a una persona por su expresión de género o su orientación, lo que está haciendo es intentar frenar esa construcción, decirle “eso que eres no tiene cabida aquí”. En ese sentido, los discursos de odio no solo ofenden, sino que intentan borrar, invalidar, negar la posibilidad misma de ser.
En otras palabras, lo que está en juego no es simplemente la opinión de alguien sobre “cómo debería ser” otra persona, sino la existencia misma de esa persona en los términos que elige para sí. Esto es clave para comprender por qué los discursos de odio no son meras diferencias de opinión, sino formas concretas de violencia. Atacar la identidad de alguien, ridiculizar su existencia o negar su legitimidad como ser humano, no puede considerarse libertad de expresión.
Otra autora que destacamos para pensar este problema desde una mirada más amplia fue la abogada Kimberlé Crenshaw (1989). Su concepto de interseccionalidad nos permite ver que no todas las personas pertenecientes al colectivo LGBTQIA+ viven las mismas violencias y dificultades. Es muy distinto el ser un joven cisgénero gay de clase alta en la capital, que ser una mujer transgénero mapuche viviendo en un territorio rural. Las violencias se cruzan y se intensifican dependiendo de otras variables como el origen étnico, la situación económica o la discapacidad. Esto nos hizo llegar a la idea de que cualquier propuesta de solución debe y necesita sí o sí considerar estas diferencias.
Desde esta perspectiva interseccional, también es posible entender que muchas veces las personas LGBTQIA+ no solo enfrentan discriminación por su identidad sexual o de género, sino también por otras dimensiones como la raza, la migración, el capacitismo o la clase social. Esta combinación de factores los ubica en una posición de vulnerabilidad múltiple frente al odio en redes. Por ejemplo, los discursos xenófobos y homofóbicos se mezclan con frecuencia en espacios digitales, especialmente hacia migrantes LGBTQIA+ provenientes de países latinoamericanos o caribeños. Las agresiones no se limitan a lo identitario, sino que se entrecruzan con estigmas históricos y racistas.
Otro punto que nos llamó la atención es el papel de las plataformas digitales. La UNESCO (2021) señala que los algoritmos priorizan contenidos que generan emociones intensas como la rabia o la burla. Eso explica por qué muchas publicaciones que atacan a la diversidad se viralizan tan rápido. No es porque sean ciertas o importantes, sino porque generan reacciones que alimentan el negocio de las redes. A ambos nos parece preocupante que el diseño mismo de estas plataformas esté contribuyendo a amplificar discursos de odio, y que no haya una regulación clara al respecto.
Este modelo algorítmico, centrado en la maximización del tiempo de uso y la monetización del conflicto, favorece el contenido más polémico, más polarizante y más violento. Los discursos de odio, por tanto, no son una falla del sistema, sino una consecuencia lógica de cómo ese sistema está diseñado. Esto representa un problema ético que debería ser abordado no solo desde la regulación legal, sino también desde la responsabilidad corporativa de las plataformas tecnológicas. Mientras no haya mecanismos efectivos de moderación, transparencia algorítmica y sanción, el daño continuará y se agravará.
También es importante hablar del impacto que todo esto tiene en la salud mental. El ciberacoso, las microagresiones, los insultos públicos… no son solo daños simbólicos. La UNESCO (2021) y otros estudios muestran que estos ataques pueden generar ansiedad, depresión y hasta ideas suicidas. Nos cuesta pensar que haya gente que considere esto “libertad de expresión” cuando claramente está afectando la vida real de miles de personas.
En especial entre jóvenes LGBTQIA+, los efectos psicológicos del odio online son devastadores. Muchas veces no cuentan con redes de apoyo o recursos institucionales para afrontar la discriminación. La violencia digital se traslada a la vida diaria en forma de retraimiento social, pérdida de autoestima, miedo a mostrarse tal como se es, y en casos extremos, autolesiones o suicidio. Esto debería bastar para comprender que el discurso de odio no es un simple desacuerdo político o ideológico, sino un problema de salud pública.
La CIDH (2020) ha sido clara al decir que ni los Estados ni las plataformas pueden seguir haciéndose los desentendidos. Garantizar que internet sea un espacio inclusivo es una obligación, no una opción. Pero la verdad es que las políticas para prevenir el odio digital siguen siendo insuficientes. Muchas veces se aplican solo cuando ya es demasiado tarde, o cuando la presión mediática obliga a actuar.
Es fundamental que los marcos jurídicos nacionales e internacionales avancen en la definición y sanción del odio digital como una forma concreta de violencia. Asimismo, deben incluir medidas educativas, programas de sensibilización, apoyo psicológico a víctimas y participación activa de la sociedad civil. Solo así se podrá construir un internet verdaderamente democrático e inclusivo.
Como personas, como estudiantes y futuros psicólogos, creemos que nuestro rol también es darle visibilidad a estos mecanismos de exclusión y contribuir a que se entiendan como parte de una estructura más amplia. No basta con decir que “está mal” discriminar. Hay que entender por qué se sigue haciendo, qué lo permite, quiénes se benefician de ello y cómo y sobre todo qué consecuencias tiene para quienes lo sufren, para así poder llegar a la raíz del problema, ayudar a la víctima y educar al victimario.
Creemos, además, que la intervención no debe ser solo reactiva, sino también preventiva. Eso implica generar más espacios de diálogo, reflexión y formación, tanto en redes como fuera de ellas. Las universidades, por ejemplo, tienen un papel clave en fomentar la educación en derechos humanos, diversidad e inclusión digital. No basta con responder al odio: hay que construir entornos donde ese odio no tenga lugar para crecer.
Finalmente, creemos que también es importante mencionar las formas de resistencia que han surgido en estos mismos espacios digitales. Campañas, hashtags, videos, ilustraciones, foros de apoyo… Muchas personas LGBTQIA+ están usando las redes para narrarse a sí mismas, para generar comunidad, para educar. No todo es violencia. También hay agencia, creatividad y lucha. Y eso verdaderamente es esperanzador, pero sabemos que no es un trabajo ni fácil ni rápido.
Estas formas de resistencia también deben ser reconocidas como parte de una lucha por el derecho a existir con dignidad. No son simples actos de visibilización, sino estrategias de defensa ante un mundo que aún insiste en marginar lo que no se ajusta a sus normas. Reconocer estas prácticas es reconocer que, a pesar del odio, hay cuerpos que siguen hablando, que siguen creando, que siguen amando.
En resumen, el aumento de discursos de odio contra la comunidad LGBTQIA+ en redes sociales no es un problema aislado ni superficial. Es una expresión digital de violencias más profundas, sostenidas por estructuras de poder, desigualdad e ignorancia. Frente a esto, no basta con indignarse: es necesario actuar desde múltiples frentes —académico, legal, educativo, emocional— para desmontar el odio y promover una convivencia que no solo tolere la diversidad, sino que la celebre.
En la presente entrada se hizo uso de inteligencias artificiales para una optimización de la redacción, para generar una estructura de ensayo académico y para organizar las ideas y las fuentes presentadas
Referencias
Bourdieu, P. (1999). La dominación masculina. Anagrama.
Butler, J. (2004). Deshacer el género. Paidós.
CIDH. (2020). Relatoría Especial para la Libertad de Expresión: Estándares para una Internet libre, abierta e inclusiva. Organización de los Estados Americanos. https://www.oas.org/es/cidh/expresion/docs/informes/InternetESP.pdf
Crenshaw, K. (1989). Demarginalizing the intersection of race and sex: A black feminist critique of antidiscrimination doctrine, feminist theory and antiracist politics. University of Chicago Legal Forum, 1989(1), 139–167.
LLYC. (2023). Informe sobre el discurso de odio en redes sociales en América Latina.
Movilh. (2021). Primer Estudio Estatal sobre Discriminación en Chile. Movimiento de Integración y Liberación Homosexual.
Movilh. (2023). Encuesta Nacional de la Diversidad Sexual y de Género. Movimiento de Integración y Liberación Homosexual.
Movilh. (2024). Informe Anual de Derechos Humanos de la Diversidad Sexual y de Género. Movimiento de Integración y Liberación Homosexual.
UNESCO. (2021). Ciberacoso a personas LGBTI en América Latina y el Caribe: una mirada regional sobre violencia y discriminación en entornos digitales. https://unesdoc.unesco.org/
Universidad de Concepción. (2023). Estudio sobre discursos de odio en redes sociales chilenas. Facultad de Psicología, Universidad de Concepción.

Organización de ideas: 7,0
Comprensión: 7,0
Contenido: 7,0
Aspectos formales: 7,0
Ponderación final: 7,0
Organización de ideas: 7
Comprehensión: 7
Contenido: 7
Aspectos formales: 6,5
Nota ponderada 6,9