Los discursos de odio principalmente dirigidos en contra de la comunidad LGBTQIA+ en las redes sociales constituyen una problemática social que ha experimentado un crecimiento preocupante en los últimos años, específicamente desde el inicio de la pandemia. Las redes sociales, que desde el principio fueron concebidas como espacios de libre expresión y conexión, que abrieron y expandieron el mundo que teníamos fuera de nuestras casas con la posibilidad de compartir lo que hacemos, comemos, vemos, pensamos, opinamos, etc. se han transformado en escenarios donde la violencia de tipo simbólica y la exclusión social se reproducen y amplifican. Los datos provenientes de estudios nacionales e internacionales evidencian esta realidad con cifras realmente alarmantes: un 58% de las personas LGBTQIA+ ha sido víctima directa de violencia digital y un 83,6% ha sido testigo de estas agresiones en espacios virtualessegún reporta el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) en 2023. Esta situación se agrava debido a la percepción generalizada de que el Estado y las instituciones no implementan medidas adecuadas para proteger a las víctimas, con un 73,8% que expresa sentirse desprotegido institucionalmente ante esta problemática.
Estos hallazgos no solo demuestran la frecuencia con la que ocurren los ataques en línea, sino que también señalan una preocupación por la impunidad y la falta de mecanismos efectivos para su sanción. En efecto, el Primer Estudio Estatal sobre Discriminación realizado por el Movilh en 2021 reveló que solo un 4,3% de los casos de discriminación son denunciados, lo que pone de manifiesto la desconfianza hacia los canales formales de justicia y la normalización de este tipo de violencia. Por otra parte, los informes de la consultora LLYC (2023) y el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh, 2024) demuestran que Chile se posiciona como uno de los países de latinoamerica con el mayor aumento en discursos de odio en redes sociales, con un incremento de 116,9% entre 2019 y 2024.
Desde un punto de vista puramente teórico, para poder entender realmente esta problemática se necesita adentrarse en el concepto de “violencia simbólica” que acuñó Pierre Bourdieu para explicar cómo las relaciones de poder y dominación son ejercidas de maneras sutiles, como puede ser a través del lenguaje, las normas sociales y las prácticas culturales que terminan legitimando la desigualdad. Esta violencia no se ve manifiestada únicamente en actos físicos o verbales explícitos, sino que se infiltra en la cotidianidad a través de discursos o instancias de diálogo que normalizan la exclusión y la discriminación, muchas veces disfrazados de “humor” o de “opinión” (Bourdieu, 1999). En el caso de la comunidad LGBTQIA+, estos discursos se sustentan en la heteronorma, entendida como el conjunto de reglas sociales que privilegia la heterosexualidad como único modelo válido de relación afectiva y sexual, y que marginaliza las expresiones que desafían esta norma (Butler, 2004).
Judith Butler aporta a esta reflexión enfatizando en la performatividad del género y la identidad, sosteniendo que estas no son esencias estáticas, sino construcciones sociales que se constituyen mediante actos reiterados, discursos y prácticas culturales. Desde esta perspectiva, los discursos de odio en las redes sociales no solo describen prejuicios y estereotipos de un solo individuo o grupo, sino que contribuyen activamente a moldear la realidad social en la que las identidades LGBTQIA+ son invisibilizadas, censuradas o incluso patologizadas. Así, la violencia simbólica que se ejerce en el entorno digital tiene un impacto real en las subjetividades y en las condiciones materiales de vida de las personas, limitando sus posibilidades de participación y reconocimiento social (Butler, 2004).
Por otro lado, es fundamental considerar la dimensión interseccional del fenómeno. Tal como señala Kimberlé Crenshaw (1989) quien es la persona que acuñó el término de interseccionalidad al defender a la vez un movimiento antirracial y tambien por otro lado feminista, ella senala las opresiones no actúan de manera aislada, sino que se entrecruzan en la experiencia de los sujetos. Por tanto, las violencias digitales no se distribuyen homogéneamente dentro de la comunidad LGBTQIA+, sino que se exacerban en función de otros factores como la raza, la clase social, posición política, etnia, pueblo originario al que pertenezca, la discapacidad o la procedencia geográfica. De esta forma, una mujer trans indígena o un joven gay perteneciente a un sector socioeconómico vulnerable enfrentan niveles y tipos de violencia específicos e inseparables que requieren respuestas adaptadas y sensibles a estas complejidades.
El papel que tienen las plataformas digitales con sus calculados y no azarosos algoritmos también es un punto muy importante para poder comprender la proliferación de discursos de odio. Estas plataformas privilegian la viralización de contenidos que generan emociones intensas como lo son la indignación, el enojo, la burla o el miedo, sin importar el posible impacto ético y/o social que dichos mensajes pueden producir en los usuarios (UNESCO, 2021). Como resultado, los discursos que estigmatizan a la diversidad sexual y de género encuentran el hábitat ideal para su proliferación masiva, mientras que las voces disidentes, las campañas de ayuda, las agrupaciones informativas o las narrativas inclusivas suelen ser invisibilizadas, censuradas, insultadas y/o marginadas. Esta dinámica amplifica la exclusión simbólica y contribuye a la creación de espacios digitales hostiles para la comunidad LGBTQIA+.
Asimismo, las consecuencias de tipo psicosociales de esta violencia digital resultan ser más profundas y preocupantes de lo que parecen ser. El acoso constante y en aumento, las microagresiones, la constante invalidación de identidades y la exposición pública a discursos discriminatorios deterioran la salud mental de las personas afectadas, generando ansiedad, depresión, retraimiento social y, en casos más extremos, ideaciones suicidas (UNESCO, 2021). En contextos donde el apoyo familiar y comunitario es limitado, estas afectaciones terminan por agravar y obstaculizar el desarrollo personal y social de quienes son blanco de este tipo de violencia.
Por último, la responsabilidad del estado y de las plataformas digitales en la prevención y sanción de los discursos de odio es un eje fundamental. La Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH, 2020) enfatiza que “Los Estados y las plataformas tienen la obligación de garantizar que internet sea un espacio libre, abierto e inclusivo”, lo que implica adoptar políticas activas para la regulación, prevención y reparación de los daños derivados de la violencia digital. Sin embargo, la aplicación de estas recomendaciones sigue siendo limitada y muchas veces ignorada por poner en primer lugar los propios intereses económicos o reputacionales, lo que dificulta la erradicación total de este tipo de violencia en el mundo virtual.
En definitiva, los discursos de odio puro hacia las disidencias sexuales en las redes sociales no resultan ser solamente expresiones individuales o deslices del lenguaje digital: Se tratan de la manifestación contemporánea de estructuras de exclusión que han existido a lo largo de la historia, que, en el entorno virtual terminan por adquirir formas nuevas de “legitimidad” y alcance. El comprender esta realidad no puede simplemente reducirse a un ejercicio teórico, sino que también implica una toma de posición ética en torno a las violencias simbólicas que diariamente se ejercen. Las plataformas digitales, los Estados y todo aquél que habitan estos espacios tenemos la responsabilidad de decidir si seremos parte de su reproducción y repetición, o si haremos algo al respecto para poner un alto a esta violencia. Porque las palabras de desconocidos SÍ hieren, Sí excluyen, y también pueden matar simbólicamente. La constante lucha por lograr que estos entornos digitales logren ser más seguros, justos y habitables para todos no es opcional: es una urgencia que interpela tanto a lo colectivo cómo a lo íntimo.
Referencias
Bourdieu, P. (1999). La dominación masculina. Anagrama.
Butler, J. (2004). Deshacer el género. Paidós.
Crenshaw, K. (1989). Demarginalizing the intersection of race and sex: A black feminist critique of antidiscrimination doctrine, feminist theory and antiracist politics. University of Chicago Legal Forum, 1989(1), 139–167.
CIDH. (2020). Relatoría Especial para la Libertad de Expresión: Estándares para una Internet libre, abierta e inclusiva. Organización de los Estados Americanos. https://www.oas.org/es/cidh/expresion/docs/informes/InternetESP.pdf
LLYC. (2023). Informe sobre el discurso de odio en redes sociales en América Latina. LLYC.
Movilh. (2021). Primer Estudio Estatal sobre Discriminación en Chile. Movimiento de Integración y Liberación Homosexual.
Movilh. (2023). Encuesta Nacional de la Diversidad Sexual y de Género. Movimiento de Integración y Liberación Homosexual.
Movilh. (2024). Informe Anual de Derechos Humanos de la Diversidad Sexual y de Género. Movimiento de Integración y Liberación Homosexual.
UNESCO. (2021). Ciberacoso a personas LGBTI en América Latina y el Caribe: una mirada regional sobre violencia y discriminación en entornos digitales. https://unesdoc.unesco.org/
Universidad de Concepción. (2023). Estudio sobre discursos de odio en redes sociales chilenas. Facultad de Psicología, Universidad de Concepción.
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